SALOMÉ
¡Así que eres tú! La verdad, te imaginaba distinta. ¿Cómo? No sé, quizás con un look más intelectual. Sí, ya sé que “el hábito no hace al monje”, pero cada una tenemos nuestros prejuicios. ¿Sabes? Su última amiga, o lo que fuera, parecía la típica empollona de la clase: fea, pelo corto, gafas… Y tú, no te molestes, por favor, pareces un poquito pija, ¿no?
Perdona mis desvaríos; estoy nerviosa. Fíjate, llevaba sin fumar desde el embarazo de Margarita y ¡ahora parezco un carretero! ¿Quieres un cigarrillo? Son mentolados. Me ha dado por ellos porque me recuerdan mi juventud. ¡Cuánto hace, Dios!
Pero bueno, has hecho bien la tarea. Sin tú saberlo me has dado lo que llevaba años persiguiendo. ¡Tanto tiempo anhelando vengarme! En fin, nos estuvo engañando a las dos y ahora el destrozado es él, ¡qué ironía! ¿Pena? Ninguna; sólo siento satisfacción. ¿Que no? Allá tú, pero a mí, quien me la hace, la paga. Lo siento, como buena Escorpión soy rencorosa.
Por eso quería conocerte y ofrecerte, cómo diría sin que resulte ofensivo… ¿una pequeña dádiva? Tú verás. Si te crees más íntegra por no aceptarla es tu problema. Todavía eres joven para entenderlo; ya se te pasarán esas ínfulas con los años…
¿Sabes lo que me hace gracia? Me llamo Salomé y nunca imaginé que, sin necesidad de bailarle el agua a nadie, me ofrecerían la cabeza de Juan en bandeja de plata.
miércoles, 14 de mayo de 2008
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