sábado, 10 de mayo de 2008

RELATO 3

YA SE SABE
Te lo he contado muchas veces, Daisy. Desde el día que llegaste como doncella. Cándido era un niño muy tímido que apenas se atrevía a levantar la mano cuando se le preguntaba. Miope, con gruesos cristales engarzados en unas gafas que se confundían con su cara regordeta. Los deportes no eran lo suyo. Pero, eso sí: era el empollón.
He de reconocer que le hacía la vida imposible, con el soniquete del gafitas cuatro ojos y otras cabronadas. Y que incitaba a los demás a repetir mi actitud sin compasión. Más de una vez, se esfumó de su mochila algún que otro sabroso bocadillo de embutido, que engullimos a su pesar. El se dejaba hacer.
Ya se sabe, cosas de críos.
Le perdí la pista después del instituto. Luego, alguien contó que había obtenido el premio extraordinario en Ciencias Exactas. Que también cursó Ciencias Políticas con expediente de vértigo. Y parece que se hizo corregir la miopía y nunca más necesitó gafas. Después oí comentar que había contraído matrimonio con una chica bien de Badalona.
Un braguetazo.
Aguarda, el señor...
“Buenas tardes, don Cándido. Descuide don Cándido. No lo olvidaré, don Cándido. Tendré el motor a punto, don Cándido. Recogeré el equipaje de la señora y lo tendré dispuesto en la limusina a las cinco... Claro, claro, evitaré el atasco de la autopista. Confíe en mí. Así se hará, don Cándido…”
¿Tengo bien colocada la gorra, Daisy?
Ya se sabe, ¡don Cándido es tan exigente!
(248 palabras)

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