NEGRA NOCHE SANTA
Una noche de viernes más sin salir de casa. Silencio. Estoy sólo. El único ruido que se oye es el tecleo del ordenador y, si se aguza mucho el oído, el del lento discurrir de la maquinaria de un cerebro que recuerda.
Gritos, luminarias de polvo blanco que caen felices sobre nuestras jóvenes cabezas de mil novecientos ochenta y cuatro, gatos que espían el olor de las gatas en celo sobre el tejado de zinc ardiente de un verano interminable y lejano.
Loco. Locomía. Abanicos, glamour (glam en abreviatura). Rumba, samba, mambo. Whisky de garrafa que nos hacen pasar por Chivas. Las olas del Mediterráneo se estrellan contra las murallas de nuestros invulnerables castillos en el aire.
Y ahora, silencio. Silencio en la noche invernal ausente de cometas. Las gatas han huido hacia paraísos más cálidos. La “Great Mother Road”, que parecía proyectada hacia el futuro, se ha ido convirtiendo, con el paso del tiempo, en una carretera provincial que no lleva a ninguna parte. Sal Paradise y sus amigos ya no están.
sábado, 17 de mayo de 2008
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