Hijos de Bob Dylan
(QUÉ HACER)
Debería calafatear estas palabras para que no se hundan en este océano de dolor, de abuso, de indiferencia. Debería al menos adiestrarlas en el arte del windsurf para que fueran llegando, al menos una a una, al otro lado de estas aguas humilladas, aburridas de proezas inútiles. Qué menos que preservar de la constancia del olvido a los que yacen ahí abajo, a los que nacieron para ser la cifra cero de las estadísticas, a los que me recuerdan una y otra vez que soy el espectador impasible, aturdido cronista de una infamia.
-Oye ¿Te pido otra cerveza o te pasas al cubata? ¡Conduzco yo!
Silba el viento de levante, afilado, levantisco. A violentas ráfagas se abre paso entre las paredes de este promontorio y le revuelve la melena a Elena. Está guapa. El aire ahueca las ropas y los pulmones de los que presenciamos el trajín lento de barcos, barcazas y petroleros, lentitud elegante de los que tienen dónde llegar. Si levanto la vista y miro al fondo aprecio luces, signos de otro vocabulario. El lenguaje incómodo y callado de la muerte turba mi condición de mirón. El sol enrojece, se esconde bajo la permanente y lejana línea del mar. Tranquilo, -me guiña un ojo el Faro de Trafalgar- mañana será otro día.
-Pídeme un gin tónic, de Larios- grito a los que están dentro del bar. Siento que la rutina está de mi parte. Otra vez la respuesta está en el viento.
Mirador del Estrecho. Tarifa. Cádiz.
sábado, 24 de mayo de 2008
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