VIAJAR AYUDA
La avenida Huangpu abre Shanghái en canal, como un cerdo recién acuchillado. De sus entrañas sale un calor sofocante que se funde con el cielo amarillo de media mañana. Centenares de taxis iguales al que me lleva se alinean como ladrillos sobre el asfalto. Desde detrás de sus gafas de culo de vaso, mi conductor chino clava sus ojos en el retrovisor y por tanto, en mí. Un cigarrillo sin filtro ensalivado hasta la mitad, apagado, le cuelga de la comisura izquierda. A pesar de que acumulo todos los tópicos del turista, me mira como si no estuviera seguro del momento exacto en el que voy a perpetrar mi ataque contra él. Como gran gafotas, quizás los espera desde la infancia, sin que tenga que mediar una razón. Las costumbres se pegan a la piel como el sudor seco y cuesta.
La ceniza se le cae. Debajo de aquella suculenta colección de lamparones existe un pantalón negro. La ceniza de todos los cigarrillos fumados desde que se sentó en el taxi espera paciente, esparcida sobre su bragueta.
—¿Mujeles, místel? —me espeta inesperadamente.
Finjo que lo pienso unos segundos.
—No, gracias, no mujeres.
—¿Tú malicón, místel? —me azara. Lo nota y se sonríe.
Esta vez guardo un largo silencio, aguantando su mirada en el espejo. Mi pueblo está a 10.632 kilómetros. En Shanghái soy transparente, nadie me ve. Aquí no tengo papeles que representar.
—Sí… yo malicón —me atrevo a contestar bajito.
—Yo llevo —me ayuda él.
domingo, 25 de mayo de 2008
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