CAMINOS:
Poco antes de que el automóvil de Ana girara la curva de la calle Álamos, Ignacio asomaría el brazo por la ventanilla, agitaría la mano y con el sonido de un doble pitido diría adiós antes de proseguir por un camino recto, bien asfaltado y alumbrado que le conduciría a la que fue su casa mientras vivió en España. Descansaría aquella noche y al amanecer recogería su equipaje y en el asiento trasero de un coche azul de alquiler montaría a una niña de rasgos indígenas que aun dormiría. Madrid-México sin escalas.
Ella desvió su ruta y torció primero a la derecha, después a la izquierda, hizo dos veces una rotonda, se le antojó bajar una cuesta en dirección prohibida y se adentró a oscuras en un camino de arena hasta llegar al mar.
¡Ánimo¡ - se dijo- y se echó a llorar en el mismo peldaño de escalera donde veinte años atrás había besado apasionadamente a Ignacio, su primer amor.
Maldito destino. Lo nuestro, no pudo ser.
sábado, 24 de mayo de 2008
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