La puta y la libélula
Observarte mientras bebes, trago a trago, cigarro a cigarro, pupila a pupila, a ti y a lo que perteneces.
Oler en ti el hambre a hembra, el olor a noche y el dolor de tu himen, odalisca entregada a un hombre y a su hermano, que ahora ardes desatada para los dos, para los tres que se te acercan al hedor de la hiel de tu piel, de abandono y entrega.
Oir la música, el estruendo hipnótico, que se inocula en mi lóbulo, opio gaseoso, éter derramado en mi tímpano de oprobio.
Devorar el espectáculo, la siembra que se extiende ante ti, como un cultivo infértil, el baño del deseo, la boca en droga, el beso entre mujeres, el mordisco perverso tras la columna dórica de este templo de humo, relleno y domado de derrotas.
Y, por último, tocar, libar, apretar tu rubia exactitud, la niña bien que nunca fuiste, yegua árabe de sangre impura, princesa normanda entre la morisca, espiga dorada entre los cardos, criatura dotada. La estatua perfecta de la mujer perfecta. La hidra de las setecientas lenguas deseando lamer tu mármol perla.
Eso es lo que hago, ninfa acuática, como una libélula, cada vez que te compro en el burdel al que acudo, noche tras noche, cubata tras cubata, billete tras billete, en busca de tu tiempo por horas, de sábanas de papel y deshonor.
En el jardín de vidrio del lupanar en el que habitas, como una flor muerta y manoseada por un niño maldito.
miércoles, 21 de mayo de 2008
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