Esplendor
Tu carta, inesperada, me ha devuelto a los días de Esplendor en la hierba. ¿Recuerdas? La vimos en el cine Rex. Todavía existe. Murcia sigue siendo reconocible.
Una eternidad, Eva, desde aquella tarde que cambió la vida de dos jóvenes universitarias. Llovía. En la barra de“Dunia”, comentábamos el trágico desenlace del amor entre Deanie y Bud, cuando apareció él. Avanzó hacia nosotras, lenta, sigilosamente, como el cazador que acecha su presa. Quedaste irremisiblemente atrapada en las redes de aquel D. Juan, guapo y estulto.
Tu tiempo de esplendor fue corto, pero intenso. Viviste un amor obsceno, trasgresor, sin preguntas, sin respuestas: el de ella, el de Deanie. De noche, te veía llegar arrebatada, encendida, etérea, evanescente: pelo alborotado, carmín en la barbilla, briznas de hierba premonitorias en la falda, en la blusa entreabierta...
Dos meses escasos y el cazador, abandonados los despojos de su último festín, se adentró en otros cotos. Y día a día, vi, en tus ojos, la mirada perdida de ella; en tu boca, el rictus amargo de ella; en tus pasos, el andar hacia el abismo de ella.
Después nada, desapareciste, hasta hoy. Tu matrimonio fracasó, me cuentas. Yo he permanecido soltera.
El amor, como el relámpago, como su esplendor zigzagueante, es fugaz. Por eso es bello: ciega, se va. El otro, apoltronado en la butaca, agazapado en la rutina, su versión bastarda. Prefiero languidecer en la nostalgia del súbito resplandor que consumirme al calor de la mesa camilla.
Ana
sábado, 17 de mayo de 2008
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