Quiero bajarme!
El primer día, leyendo a Camus, me interrumpió un hombre sin formas: "Tú, arriba, éste es mi sitio". Intenté averiguar qué asientos no tenían "dueño" y volví a mi lectura sin rechistar. Me sentí incómodo. Ser ajeno a una serie de normas o, más bien, de derechos adquiridos, no me gustaba en absoluto.
La reestructuración en la empresa me empujó del mundo fiscal a los tres turnos en la cadena de producción. Fue horrible. Cuando lograba conciliar el sueño, veía circular cientos de coches sin volante hacia los concesionarios.
Pero peor que el cambio de trabajo fueron los viajes en el autobús que me llevaba a la fábrica.
Una noche, sentado en el que ahora era mi sitio, encendí la lucecita que había justo encima de mi cabeza y cuando iba a pasar la primera página del libro alguien berreó: "Mira el señorito. ¡Qué culto! Es tan culto que tiene que jodernos a todos con la puta luz de los cojones".
Me costaba creerlo. Era una luz diminuta que apenas alumbraba tres o cuatro lineas de Los justos. Pero apagué sin rechistar.
Cuando iba a bajarme, oí: "Ahora" y aquella zancadilla consiguió que me dieran cuatro puntos en el labio superior. ¡Cómo se reían!
Al día siguiente, unos me recibieron con un "torero, torero", otros con palmadas en la espalda y muchos con risas. Pero por fin me decidí: si tenía que ser como ellos, este era el momento: "Qué pasa, capullo, ¿algún problema?"
sábado, 17 de mayo de 2008
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