Desperté angustiada. Instintivamente miré a través del cristal tintado y el paisaje seguía cambiando a trescientos kilómetros por hora. Todo parecía en orden.
Me gusta sentir el placer de viajar en soledad, observar a los anónimos compañeros de viaje, bucear en sus almas, introducirme en ellas a través de las grietas de sus rostros, de sus gestos, de sus conversaciones telefónicas, fantasear con sus vidas.
Sin embargo, este viaje era especial para mi. Acababa de poner fin a una larga relación sentimental e intentaba reedificar sobre mis propias ruinas, encontrar, en medio de la incertidumbre de la pérdida, unas relaciones a mi medida. Distraídamente, revisé mi agenda y comprobé que en mi ajado listín telefónico, inexplicablemente, sólo aparecían los contactos correspondientes a las letras A y B. Me asaltó el ridículo pensamiento de estar condenada para siempre a relacionarme sólo con el puñado de nombres, de personas, que tenía allí anotados. Sonreí ante semejante idea. Mi natural curiosidad y, por qué no admitirlo, cierta desazón, me empujaron a revisar la menguada agenda y, por extraño que pudiera parecer, ninguno de los nombres allí anotados me resultó familiar, así que pensé en contarlos.
- Diez -intervino de pronto el tipo grande, moreno, casi mulato, con el pelo recogido en una cola-. Somos diez exactamente. Yo soy el número uno de tu lista.
Miré a mi alrededor. Los nueve pasajeros restantes me miraban con una sonrisa triste. Entonces recordé el sueño, el accidente, y comprendí.
sábado, 24 de mayo de 2008
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