La bestia que mató a Manolete
Hueles a gato viejo, Marqueso. Ya es tarde para eso, canalla, porque ni meándote en las cachas vamos a olvidar la tramontana tufada de pólvora que nos seca la cara. Tarde para mear y tarde para salir corriendo de aquí… y a dónde. El pueblo, el país entero es una tumba a punto de cerrarse; todos amortajados de verde, todos a tiros contra la pesadilla. La penúltima pasó cerca, ¿eh?... la muy reputa. Claro que no, cojones, aquí nos quedamos… tras estos cuatro palos que fueron ventana y estas piedras que ya no son de nadie. Le pedí al coronel que te trajera a mi unidad y aquí estamos, Compadre, con los de enfrente cosiéndonos a balas los recuerdos. Salúdales, coño, y no gimotees.
Recuérdate paseando por la calle Ancha, perfumado como un emperador, deteniendo el tiempo y las escobas; recuerda y levanta la cara... El remolino de tus cuatro palabras de Casino, clavadas como banderillas en la cabeza de algún cornudo... Suéltate los huevos y míratelos, Compadre. El Maestro de escuela, tan príncipe, Séneca del pueblo, Almirante del mujerío. Porque eso sí, eso siempre.
Y de mi Rosa... ¿te acuerdas, Marquesón? Sí, cómo no; te la trae el olor a miedo. Te abrí las puertas grandes de mi casa, y por la puerta grande le entraste a mi mujer entre las piernas.
No mees sangre, Manuel; y no llores más, que la próxima te la voy a dejar en la cabeza. Donde guardas el veneno y la palabra.
martes, 13 de mayo de 2008
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