CON LA MIEL EN LOS LABIOS
Con besos cortos, robados en su precipitación, huyó escaleras abajo. Cuando subimos a casa cargaba con un espejo grande que había recogido de la tienda. ¿Lo has comprado para que nos veamos haciendo el amor? Efectivamente –le contesté-, sorprendida por la coincidencia. Tras largo tiempo ansiado, por fin conseguía llevarlo a casa accidentalmente. Recorrido panorámico, del salón con el sofá, a la ducha para dos, a la habitación donde sentó en la cama, embelesado pero quieto, mientras le ofrecía colonias a oler, pensando si empujarlo y ponerme a horcajadas. Decidió sentarse en el banco de la cocina bajo la luz de la campana. Ron, humo, palabras, cervezas. Más hielo, por favor.
Cuando ya no pude más, cogí su mano y la entrelacé a la mía, me aproximé, lo besé largo rato y me senté en sus rodillas. De entre los vapores del alcohol le sonsaqué que le gustaba mucho, pero que no. Nos besamos cadenciosamente como si no fuera la primera vez. Me abrazaba sintiéndome y me decía que no. Me estrechó con sus brazos y deslizó su amplia mano sobre mi pezón. Y le dije que no era de piedra, mientras mis labios supuraban miel a borbotones. No contestó. Traté de retenerlo, supliqué, ofrecí, besé, y me hubiera desnudado sin misterio si no hubiera visto en sus ojos su decisión firme. Y así me dejó, con la miel en los labios y el corazón cual bayeta retorcida.
miércoles, 28 de mayo de 2008
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